De A. para D.

20.11.2020
San Francisco de Campeche, Campeche.

Querido D.:

Supongamos que un día, de manera inesperada, un extraño te aborda y te dice que tú establecerás un nuevo orden mundial, ¿qué harías?… He tenido ese sueño recurrente. Últimamente estoy soñando muchas cosas por primera vez y algunas me parecen extrañas, ajenas.

Nunca me he detenido a pensar qué es lo que yo haría si tuviera, al menos, un poquito de poder sobre algo o alguien. Ahora sé que X tuvo poder sobre mí, pero nunca he sentido que yo tengo poder sobre algún X. ¿Es complicado, no? Una vez una amiga me dijo que todas las relaciones son un intercambio de intereses, y yo, de primer momento, me negué a ello porque siempre tuve la idea romántica de que las relaciones se construyen desde, para y con amor. Creo que a veces el amor no basta. No lo estoy menospreciando, pero simplemente no basta.

Antes, tenía una tendencia constante a relacionarme con personas mucho mayores que yo, sentía que me fascinaba admirar y amar al mismo tiempo de manera intensa, desbordada, ilógica y dramática; pero todo eso terminó por hacerme muchísimo daño. Afortunadamente, durante la pandemia, me di cuenta de que todo ese amor que buscaba en las personas incorrectas era como una necesidad por saciar el amor que, según yo, me faltó cuando era niña. ¿Cuántas mentiras nos decimos a nosotros mismos? ¿Por qué nos aferramos a repasar los recuerdos incompletos sólo contándonos una y otra vez lo que nos hace daño? ¿Es nuestra naturaleza? ¿Tanto nos ha afectado la religión católica para pensar que sufrir como un Cristo crucificado es lo indicado?

Siempre que escribo cartas me surgen muchas dudas, divago más de lo que escribo, ha sido todo un reto tratar de sostener el ritmo en algo que disfruto pero que a la vez me cuesta trabajo, sobre todo porque, aunque se nos ha dicho que escribamos sobre el poder y la mentira, yo quisiera escribir solamente del amor. El amor que es todo y a la vez nada.

Estoy sentada en la terraza de mi casa mientras veo un murciélago revolotear a unos metros de mí, de pronto cae al piso y se arrastra con sus pequeñas alas hacia las plantas. Pienso en todo lo que, supuestamente, un murciélago causó en el mundo y le doy las gracias porque, no he descubierto cómo, pero las personas que en algún momento me hicieron daño, ya no resuenan ni en mi cabeza ni en mi cuerpo, ya no son ni siquiera un recuerdo, es como si no existieran, como si nunca las hubiera conocido, y eso ha sido un gran tesoro que encontré en el confinamiento.

No sé cuántas mentiras se han dicho sobre el COVID-19, pero lo que sí es certero es que, gracias al uso del cubrebocas, ahora puedo ver fijamente a los ojos de las personas y descubrir la verdad que hay en cada quien.

ACT