De A. para H.

6 de julio, 2021

Humberto,

¿Qué pasa cuando la superficie de la crisálida se rompe? No conté en mi primera carta que mi hija me regaló esos platos con besos en el borde porque, “todas tus cosas en esta casa están rotas, mamá”. Confesé luego que ya no siento la misma atracción por los objetos, que ya no les doy un significado y que dejé de coleccionar cosillas que encontraba en tiendas de viejo, en tianguis, y hasta en las Galerías El Triunfo.

Debo revelar que he pegado objetos de cerámica, como mi taza reinterpretativa del barroco, una jarrita para la crema del café en forma de vaca, una taza de Frida Kahlo que le regalaron a mi hija, un galletero viejo y otros más. En principio traté de hilvanar el tejido que se iba deshilachando y sólo conseguía fruncirlo. Dejé de significar objetos al igual que uno deja de nombrar al ser amado que debe olvidar, del mismo modo que se deja de nombrar a los muertos que nos da pena recordar o las historias que duelen de nuevo cada vez que son contadas.

La crisálida se rompió y no sé bien qué realidad alterna deja salir, pero no me hace ilusión, no me seduce ni me provoca a representarle en un objeto que conviva conmigo.

Fui a mi ciudad, me llamó Laura, la nuera de mi vecina Margarita, cuando recién me casé. Esa vecina era una anciana del norte de Coahuila, medio agringada, medio hippie, norteña, gritona, alegre. Andaba toda la mañana en el pasillo de macetas, con una bata holgada, sin sostén, regando las plantas o podando. Pintaba todo lo que había en su casa: las paredes, los azulejos, las macetas, las sillas, los crucifijos, las piedras, hasta las servilletas de papel impresas las retocaba con acrílico y las colocaba en un marco ad hoc con la decoración de su casa en cada temporada del año. “Con un botecito de pintura todo se arregla”, me decía y soltaba una carcajada cuando le chuleaba alguna de sus creaciones. Ciertamente tenía un don para decorar y crear ambientes, también hacía quilts al estilo americano. Fuimos vecinas por cinco años y disfruté mucho de su compañía, sus pinturas y sus costuras. Laura me llamó para decirme que iba vender muchas cosas que le heredó Margarita, porque “ya no puedo vivir entre recuerdos”. Así que fui con mi hermana y una amiga a casa de Laura, una casona del centro construida en 1910. En el zaguán, Laura colocó costuras, crucifijos pintados a mano, cajitas, piedras, santos, vírgenes, todos hechos o arreglados por las manos de Margarita.

Tuve una buena excusa, regresaría en avión a casa y no podía llevarme nada. No compré nada. Ni el San Francisco de marfil, ni el colgante de palomas, ni la cajita pintada con naranjas, ni la virgen multicolor. En otro tiempo me hubiera abalanzado para comprarlos.

“La verdad es más transparente y misteriosa, incluso para mí misma”, escribe Nothomb en sus notas. ¿Cuál es el borde de la verdad? ¿Qué ha roto la superficie de la crisálida? Si la rompí, no veo la mariposa que se seca y extiende sus alas. Así como para la escritora “la palabra es algo racional, es lo que hay debajo de lo que no es”, digo que no corrí a salvar los objetos de Margarita y que no me hacen ilusión y que no voy a vivir entre recuerdos como Laura.

La intimidad no es la misma, no mientes.

Sinceramente,

Aurora