De A. para L.

Larissa: 

Perdona la tardanza, pero estoy nuevamente aquí frente al monitor pensando todavía cómo responder a tu pregunta. No quería decirlo, pero no lo sé, no sé si eso sea amor o alguna cosa parecida a la complicidad, al abandono o a las meras ganas de vivir porque ya no queda otra opción. O, te lo diré de otra manera: no creo en esos amores. Alguna vez lo escribí en un poema, pero eso fue hace tiempo cuando todavía creía que todo era posible. 

Cuando estás en la cárcel, el tiempo es una presencia indiferente, pero sabes que ahí está y te toca y te duele y al final también te hace indiferente. Aquel día de mayo, un poco para evadirme de esa sensación ajena, saqué la mano entre los barrotes para que en ella se depositaran algunas de las gotas de la primera lluvia de verano. En ciudades como éstas, cuando sabes que el termómetro llegará a los 49 centígrados, sentir el primer rocío, el líquido sutil y tierno en apenas las yemas de tus dedos, es ya recordar que la vida tiene un sentido. 

Sobre todo, después de la noche anterior cuando por alguna razón que ignoro, los presos estuvieron gritando como si el mismo apocalipsis asomara su presencia en los hocicos de caballos desbocados. Estaban alucinando. Los relámpagos cubrían toda la oscuridad y los truenos de los rayos eran indecibles. Nadie pudo dormir. 

Por eso extendía la mano hacia una ventanita por donde podías ser testigo de un viento ya tranquilo y apacible después de la tormenta. 

No creo en ese amor, porque muchas veces me resultaba tediosa la espera del día y la hora de la visita conyugal. Algunas otras veces, las caricias eran forzadas y no creo, sinceramente, que ella alcanzara el orgasmo. Cualquier eyaculación precoz de mi parte era la norma—y perdóname por esta crudeza, pero la vida así es. Tal vez sólo es amor en esas novelas desveladas, pero en el día a día no es así. 

Yo se lo dije en varias ocasiones, que mejor no viniera, que me escribiera y si tal vez yo le contestaba, pudiera surgir nuevamente un poco del amor olvidado. Pero las mujeres son así, algo en ellas las lleva al sacrificio y a la espera; cosas que uno como hombre nunca va a entender. Así que siguió viniendo hasta que un día se cansó y no regresó jamás. Nunca le pregunté de qué o por qué, quise respetar su silencio a pesar de que sabía que la iba a extrañar y nunca más volví a saber de ella. 

Por eso no creo en esos amores. ¿Sí me entiendes? 

Arturo