De F. para R.,

Mexicali, Baja California, 05 de noviembre, 2020.

Querida R.:

Nacido de un instante de abandono, tuve una visión clara del amor, ese que arrebata, que nos empuja a viajar tres mil kilómetros de distancia por un roce, una caricia, un beso. Sin embargo, mucho tiempo ha pasado de ese arrebato. En mi primera carta hablaba del amor propio como carburante necesario para poder darlo a los demás, en consecuencia, amarlo todo sin esperar por esto ser amado.

En el caso de Ilana, yo la entiendo desde una perspectiva de haber crecido sin ser amada, sin padres, sin su hermana, haciendo sólo lo que debía, y un poco empujada por las circunstancias. Más allá de los cinismos y las elucubraciones, veo personas perdidas con frecuencia, alimentando sus cajas negras por cada evento en el que son constantemente mal interpretados, por lo que, ¿quién podría entender esa caja?, ¿quién podría entender alguna caja negra que no sea la suya?

Ahí es donde creo que cada historia se pierde y son pocos a los que instruimos en la lectura de nuestra caja negra, aún menos los que interpretan lo que en realidad quisimos decir. Me parece tan revelador entender el odio como la materia que habita la misma sustancia del amor, tal como comentas en tu carta a Zaida, ya que eso podría darnos la oportunidad de interpretar algunos signos que nos mandan diariamente las personas.

Yo también he sentido ese impulso de estar harta de la existencia de alguien, como escribe Trini en su primera carta, en donde ahora veo claro que habitan al mismo tiempo el amor y el odio, en consecuencia, de cada acto.

Es verdad que cada uno tiene su lado luminoso y su lado oscuro, pienso en eso desde que lo leí, ya que vamos caminando en esta vida, y en las que vivimos por medio de los libros y (ahora) las cartas. Intentamos que nadie vea nuestro lado oscuro, tratando siempre de ser luminosidad para otros aunque en el fondo estemos encabronados de manera tal que sólo nos quede dar amor para contrarrestar el efecto de aquello que nos consume, o arder en el arrebato de esa oscuridad y ser consumidos en menos tiempo. Eso creo que le pasa a Ilana y a Alec, no se deciden a arder en su oscuridad o enderezar el camino hacia la luz.

Comenta Humberto en su carta de esta semana su afición por los relojes, lo que le significan y cómo encadena cada uno a un recuerdo muy valioso. Me llama particularmente la atención, porque yo amo las cajitas, de todos tamaños; desde niña, según me cuentan, con tres años, acumulaba cajas que desechaba una tía que tenía una tiendita y yo las acomodaba todas juntas sin dejar que nadie las tocara.

Aún hoy colecciono cajas, cajitas, cajotas, no sé por qué. Sin embargo, el otro día el mismo Humberto me decía “no trates de poner en una caja cada cosa” cuando hice mi fallido intento de identificar los campos semánticos, pragmáticos y el objeto. Qué curioso, ¿verdad? No lo pensé hasta que leí lo de los relojes y el odio- amor y la oscuridad. Quizá guardo en cada caja una idea de lo que la familia debe ser, en otra un hermano, en otra un padre, en otra tíos y así, en cada caja, un pariente que no tengo cerca. Puede ser. No lo sé con certeza.

¿Sabes algo? Yo también quiero conocer la receta de las lentejas.

Cariñosamente,

F.