De H. para M.

Sé que todos los peces tienen espinas. 

Eso no me impide meter las manos y encontrar flores. 

G. Sand. Correspondencia con Flaubert, 1868

Querida Mina:

La caja llegó el martes 19 de abril a las 10:30 a.m. El antiguo reloj Ansonia fue hecho en 1882, el mismo año en que nacieron Joyce y Woolf (quien detendría su vida en el vaivén del agua) y también moriría Darwin (en el surco de la selección natural). La bella caja metálica laqueada en negro apareció de nuevo haciendo alarde de su ritmo en el tiempo, conectada con hilos invisibles, delgadas espinas que se unen (sostienen) en todo y en nada. Hechos, actos, acciones; una estela de vidas y muertes conviviendo con su exquisita forma. La empresa Ansonia apareció en 1851 (cien años antes de que el Chino y yo naciéramos) en Connecticut y fue trasladada a Nueva York en 1878 (tiempo final de construcción de la Catedral -aún parroquia- de San Patricio). ¡Caray, que conexiones hago! Se escucha la Música para camaleones: fue ahí, en 1962, cuando Capote asistió conmovido a la misa luctuosa de Marilyn.

Ese mismo martes a las 11:20 a.m. tú publicaste en el Whats: “ [email protected], el Chino está muy grave. Desde las 7 de la mañana hasta ahora estuvo un Dr. al pie de su camilla para tratar de estabilizarlo. Justo ahora lo logró pero no se sabe por cuánto tiempo.”

Hacía ya 3 meses que J. había enviado el reloj (por primera vez) de Tijuana a Mérida, y como era de esperar, la vieja máquina tantas veces reparada no soportó el trajín. Después de completar la carga de ambas cuerdas la sonería funcionaba perfecto pero la marcha del péndulo sólo duraba cuatro horas. La idea era mandarlo a CDMX para ser reparado en el taller de T. 

En febrero, C. hizo el primer viaje a Mérida, ahí le presentamos al Chino; un feliz encuentro. En el segundo viaje de C., a mediados de marzo, hubo otra entrevista, fotos y una larga plática. De regreso a la capital se llevó el Ansonia. En ires y venires (la concordancia de tiempos y una cuerda rota), el reloj estuvo listo el 7 de abril y fue enviado (por segunda vez) el 14 para llegar (como ya sabemos) el 19.

Ese mismo día, por la noche, mientras abría la caja, a las 22:12 llegó otro mensaje tuyo: “ No hay buenas noticias. Los riñones de Chino siguen sin responder al tratamiento, tampoco otros órganos. Está totalmente asistido artificialmente. Las posibilidades de salir del hueco se reducen.” Ahí, en ese momento, pensé que la vida del Chino y la de ese reloj se cruzaban. Todos mis relojes toman la presencia de alguien y aquí estaba suficientemente clara la conexión…

¿Dónde ponerlo? La pregunta se dirigía tanto al espacio como a las coordenadas de mi afecto. En principio pensé que debería estar encima de la columna salomónica (M.1 dijo que podía ser del desaparecido Templo de San Francisco) que había obtenido en la subasta de los bienes de M.2 a la que tú misma me habías conectado (todo se une en las arbitrarias geografías de mi mente). Esta columna la conseguí en principio para soportar el pato de madera de la colección de objetos de Robert Starck, aquel actor protagonista de la vieja serie televisiva de Los intocables (él era quien representaba a Eliot Ness). Sí, ante los sucesos, sería conveniente mover (regresar) el pato a compartir el espacio con la tenebrosa imagen She brings the rain de Isa Marcelli, con el antiguo ábaco prestado (ad Infinitum) por el difunto Armando (también amigo nuestro) y el viejo capelo que protege la botella (bastarda) de blanco vidrio estanbulí.

Al poner el reloj (la caja negra) sobre la columna, todo tomó su lugar; impulsé el péndulo y la ruta del tiempo inició en recorrido inverso al resto vital de nuestro especial amigo. Los mensajes desnudos continuaron en los siguientes días. En la mañana del 24, cuando regresé del paseo con V., todo estaba detenido… el aire, la caja, el tiempo… Nuevamente rocé el péndulo y la máquina retomó el paso, siguió sola; ya era memoria solitaria sin el impulso de un cuerpo que resiste y se resiste en la vida.

Agamben trata de aproximarse al significado del verbo griego chrésthai. Expresa, nos dice, “la relación que se tiene consigo, la afección que se recibe en cuanto se está en relación con un determinado ente. […] Aquel que nósthoi chrésthai hace la experiencia de sí en cuanto que está afectado por el deseo del retorno”… chrésthai: buscar (tal vez investigar), chrésthai-nósthoi: usar el retorno… experimentar la nostalgia.

Mi muy querida Mina, la falta deviene el principio más íntimo de algo que reconocemos en la pulsante inestabilidad amatoria; la mirada del retorno, el del otro, de lo otro y la nuestra, en lo nuestro.

Cuando hablaba contigo, no lejos del féretro, el frío invadía la sala (¿o era nuestro calor que observaba?). A. y P. entraron con ramos de flores que movían el aire y la vista; éstas y otras flores quedaron registradas en las imágenes enviadas por I.

chrésthai-nósthoi

H. C.