De K. para A. y para quienes amen a los perros

“En El hombre que amaba a los perros (2009), Leonardo Padura recrea una curiosa desavenencia entre Liev Davídovich Trotski y André Breton mientras se encontraban hospedados en la famosa Casa Azul de Diego y Frida a mediados de 1938. En una de las múltiples charlas sostenidas a propósito de diversidad de temas, Trotski se sincera con Breton confesándole el profundo amor que siente por los perros y lo mucho que lamenta no haber podido tener otro después de la muerte de su adorada Maya. Para sorpresa de Trotski, dice Padura, “el más surrealista de los surrealistas era un hombre estrictamente lógico cuando rebatió aquella idea, advirtiéndole que se dejaba llevar por los afectos. Y le explicó que, al hablar del amor que sienten los perros, él intentaba atribuir a las bestias sentimientos solo propios de los humanos” (351). La pasión de Trotski no se deja amedrentar por esta afirmación, sino que continúa recordando a su perra Maya, así como otras innumerables historias donde el protagonista es el amor entre perros y humanos. Breton insiste en su postura: el amor sólo es de los humanos hacia los perros y es una imposición también muy humana atribuirle al perro sentimientos que no corresponden, según el surrealista, a la naturaleza de los animales.” 

Querida A.,

Termino de leerte y, como tú, me siento así, tremendamente viva. He iniciado mi carta, a falta de un mejor inicio, con este fragmento de una nota que publiqué el lunes pasado. Yo quería responderte pronto y con firmeza, pero al intentarlo sólo se me atravesaron todas las dudas del mundo. Yo quería de verdad decirte, o aportar en algo al menos, a resolver la duda de qué es el amor, y buscando en el espacio, por la casa, por el estudio, sólo me encontré con la mirada de mis perros y fue entonces que todo se vino abajo porque se me quedó tatuada la estúpida afirmación de Breton, y no sólo no he dado con una respuesta, sino que ahora dudo también si eso que llamamos amor no es una terrible imposición de un yo hacia los otros… Lo único que sé es que amo a mis perros, aunque de ellos hacia mí, el sentir sea una total incógnita. Creo que ahora somos dos en el mismo punto de la perplejidad. Lo siento.

Me hace sonreír pensarte con esa vitalidad después de leer la carta de Humberto, aunque debo decir que es una vitalidad que a veces se te desborda por la pantalla y se agradece. Puedo visualizar perfectamente ese flotar en el agua, pues también me he perdido en la exploración de pensarme sin peso, sin tiempo, en el fluir imparable de una voluntad ajena a la mía. Y si me lo preguntas, así a la deriva, llegaría a todas y a ninguna parte; permanecería para siempre a la deriva. 

Al llegar a la mitad de tu carta sentí un vacío en el estómago, un vacío que era a la vez de identificación y de tristeza, de un poquito de coraje por saber perfectamente a qué te refieres cuando dices que está de la chingada que algo tenga más poder que nuestra voluntad. Es esto para mí un misterio por demás insondable, frustrante, que me hace pensar en las formas extrañas de eso que damos en llamar injusticia cuando somos incapaces de explicar las “fallas” del cuerpo

¿Tú crees en el destino, en el karma, en dios, en que algún ser extraordinario dispone de nuestras vidas en términos de causa y consecuencia? Yo no, y sin embargo, a cada paso me encuentro dándole sentidos al curso de los acontecimientos que conforman mi trayecto vital. En esta línea, le he dado muchas vueltas y posibles significados al hecho de que un buen día mi sistema nervioso haya decidido dejar de reconocer mi sistema muscular, muy en la lógica de las conductas esquizoides de las enfermedades autoinmunes. Miastenia gravis, se llama, y es un poco como en esa escena de Kill Bill donde Beatrix Kiddo le está ordenando a su dedo gordo del pie que se mueva, ¿te acuerdas? Ella ha estado no sé cuántos años en coma y ha perdido la movilidad en las piernas. Bueno, ella lo logra después de varias horas. Yo a veces sí y a veces no, no importa cuánta voluntad empeñe en ello. Creo que por eso me encantan esas pequeñas rebeldías que le permites a la niña caprichosa, aunque luego haya que moderarse; si lo pensamos bien, es el tipo de mediaciones que rigen nuestra innata tendencia a la autodestrucción y luego a la búsqueda de un equilibrio. En el vaivén de esas mediaciones, creo, es donde podemos situarnos como seres dispuestos irremediablemente para el asombro, la contemplación, la belleza y los desbordamientos de la pasión.

Me ha maravillado el video, la mirada del pato, el curso de la imagen por debajo del agua, ¡qué hermosura ver la lluvia desde esa perspectiva! Creo que también agradecería tenerlo ahí, al pato, gigante, amarillísimo, fabuloso contraste con la lluvia y el tiempo y las flaquezas del cuerpo, muy a pesar de su mirada de compasión y conciencia cansada de andar. Yo le veo una ligera sonrisa condescendiente que me hace gracia, como para preguntarle “¿tú qué sabes, wey?”, y luego darle la espalda y seguir con lo mío. 

Espero que esta carta te encuentre en un día bueno donde el mar sí sea posible. Te mando un abrazo desde un otoño tropical en el que los perros no se cansan de mirar, con un amor infinito, la caída de las hojas.

K.

24 de octubre, 2020

P.d. sí que disfruto mojarme en la lluvia.