De K. para H.

Querido H.,

Te escribo en medio de esta tormenta tropical llamada “Gamma”. El descenso de la temperatura y la fuerza que a ratos cobra el viento, me recuerdan la proximidad del día de muertos y del fin del año: fechas arbitrarias que nos empeñamos en cargar de símbolos, en las que creemos percibir señales o sentidos de lo que hemos sido o podríamos llegar a ser. 

Nunca he sabido muy bien cómo hacer congeniar ese ser en potencia que mira hacia el impenetrable futuro, con el ser que está en el presente, las más de las veces mirando hacia el pasado, hacia las ausencias que con puntualidad impecable nos regalan la muerte o el desamor. Tal vez una forma sea la escritura, el orden artificial -pero orden a final de cuentas- con que la sintaxis del lenguaje nos obliga a colocar el caos de la vida en una secuencia que, nos guste o no, prioriza las cosas. Pienso en Didion y en las coincidencias (eres la cuarta persona que en el último mes me ha dicho que ha leído ese libro), pienso en Piedad Bonnett y Esther Seligson; pienso en esa obsesión por escribir la muerte como si a través de la narración pudiéramos disminuir su implacable voluntad, estar un poco menos solos en la sensación de rotundo abandono que deja a su paso la muerte. En un impulso muy primitivo y ególatra, solía culpar a mis muertos por haberse muerto, por haber dejado un reguero de incomprensiones incapaz de hallar su sintaxis. 

¿Te acuerdas de los retratos de El Fayum? Desde hace años les tengo devoción, no sólo por la profunda vitalidad expresada en esas miradas fijas, poderosas, pareciera que amplificadas ante la contemplación de un futuro sin misterios; sino por la función retratística funeraria que las impulsó: asistir al alma o espíritu (ba) y a la fuerza vital (ka), para que pudieran reconocer el cuerpo al que pertenecían en vida y así transitar hacia el otro mundo, sin dejar de estar vinculados con esta dimensión de los vivos. Qué forma tan extraordinaria de acompañarse a uno mismo de una dimensión a otra; aunque claro, en un principio sólo los miembros de la nobleza podían gozar de este auto acompañamiento hacia el más allá. Aun para hacernos la ilusión de que morir no se da en el pleno centro de la soledad, había/hay que ser privilegiados.

Leí De A. para X.… pensando en la portada de esta edición, como si A’ida y Xavier estuvieran abiertos a ese posible reconocimiento a través de la imagen que cada uno tenía de sí y del otro. Quizá de esa manera las cadenas perpetuas dejarían de ser eso, cadenas y perpetuas, para anular el tiempo con la sola evocación de una mirada destinada a trascender eras y dimensiones. Tal vez ésa sigue siendo la función del retrato: ofrecer a los otros (que a veces amamos) una imagen de nosotros mismos, imprimir/imponer en su memoria visual un rostro, una mirada, una vía para el reconocimiento cuando, voluntaria o involuntariamente, nos piensan en esta dimensión o en otra. 

Conocí los retratos de El Fayum justo antes de tomar un vuelo hacia Chicago, para luego seguir por tierra hasta Milwaukee. Corría el mes de enero y una tormenta de nieve había congelado parcialmente la superficie del Lago Michigan. El tiempo también parecía haberse congelado, pues la ciudad guardaba esa quietud más bien triste de las postales en sepia o de las que tan sólo están coloreadas en ciertos detalles, como los anuncios en neón o los banners de las gasolineras. Yo conducía un viejo Renault que a ratos patinaba sobre el asfalto laminado de hielo y me perdía en las calles de la ciudad hasta llegar a orillas del lago, justo a un lado del Museo de Arte. En ese entonces, la colección del museo resguardaba varios retratos de El Fayum y, en una sala contigua, algunos cuadros con esas flores brillantísimas y obscenas de Georgia O’Keeffe. Al interior del museo reinaban la luz, la vitalidad, el color determinante que no ha resentido el paso del tiempo. Afuera, la vida se reducía a un suspenso en gris frío y a unas calles vacías que ya han olvidado lo que es el tránsito de la fiesta humana sobre ellas. 

A veces creo que el amor y la muerte están también llenos de contrastes entre el adentro y el afuera, y todo depende de qué lado hayamos quedado en cada una de las vueltas vertiginosas del tiempo. A mi despedida de Milwaukee, un hombre me dijo que me amaba, tan sólo para luego alejarse sin volver la vista atrás. Como un retrato suyo, condenado a no caer jamás en el olvido, se me quedaron encadenadas perpetuamente sus palabras. Ése debe ser uno de los ejercicios de poder más sofisticados que nos impone el amor: inmiscuirnos en el desplazamiento vital de los otros por un tiempo muy indefinido. 

De regreso a esta ciudad, yo le obsequié uno de estos retratos a una mujer que me hablaba sobre la reencarnación. Yo le dije que ese retrato era la viva imagen suya en una vida pasada y ella me creyó. También me habló del Tiempo Muerto y de los múltiples signos que arroja la ruptura en el desplazamiento de las voluntades. Ella está muerta desde hace años y yo confío en que su espíritu y su fuerza vital hayan logrado el reconocimiento propio para habitar plenamente el más allá, sin dejar de estar aquí. Mientras tanto, en esta dimensión de los vivos en la que nunca le dije que la amaba, yo estoy condenada a recordarla, todos los días, en medio de una revoltura de signos que no atinan a encontrar su propia sintaxis. Y sin embargo, escribo.

K.