De K. para M.

Querido M.,

Hay silencios que resultan más elocuentes que todas las palabras. 

Nos recuerdo en aquella fiesta de hace un par de años. Era una noche de septiembre apenas fresca, la terraza de la galería se iluminaba sutilmente con los farolitos colgados del árbol y algo en el ambiente decía que nos encontrábamos en el pleno equilibrio derivado del influjo de Libra. Celebrábamos un cumpleaños y la única consigna era llevar algún accesorio o vestuario que remitiera a nuestro signo zodiacal. En ese entonces creía que yo era lo que se dice “una Libra de tiempo completo”, así que me esforcé por llevar un atuendo que remitiera al elemento aire en todas sus variantes. En medio del barullo de las conversaciones cruzadas y la música, cada cual por su lado guardaba silencio y escuchaba a los demás, quizá intentando adivinar su signo por los rasgos de personalidad más que por las apariencias; quizá tan sólo por el placer de ser siempre espectadores más que protagonistas.

Recuerdo también aquella exposición de Silvia Andrade en la misma galería. La noche era fría según los parámetros de esta ciudad y apenas había espacio para moverse al interior de la sala. Las imágenes se imponían con la soberbia de sus fosforescencias y el misterio de su escaso valor referencial: lo mismo podría tratarse de un tardígrado que de una flor recién polinizada. La seducción de la fotografía microscópica reside no sólo en afinar lo suficiente el criterio y la sensibilidad para colocar la mirada en el punto más exacto y sugerir otras formas de vida mediante la amplificación, sino en crear imágenes fantásticas, laberintos, ciudades imposibles (semejantes a las de Calvino) que existen guiadas por la particularísima mirada de quien “dispara”, pero que no podemos contemplar a simple vista. Lo que resulta difícil de olvidar es que “toda fotografía es, antes que espejo, especulación” y manipulación (Fontcuberta), una manipulación bastante hermosa en este caso. Estando ahí, en medio de la noche fría y al calor del tinto, el mundo de lo ínfimo ejecutaba otras sutiles alquimias no del todo distintas a las de las fotografías expuestas en las paredes: las de los reencuentros, las de las risas, las de la fiesta humana en el instante fugaz de la celebración.  

No sé hasta qué punto concentrarse en el detalle, en el mundo de lo ínfimo o lo infinitamente pequeño (diría Bachelard en su Poética del espacio) implique, como en la fotografía, una manipulación, un sesgo más o menos consciente o hasta qué punto una mentira. Si el diablo está en los detalles, la mirada empeñada en ofrecer mundos otros desde esos detalles, no es sino la mirada que corre a través de…, que separa, que arroja formas tergiversadas de las cosas al mismo tiempo que seduce, en el sentido de que nos sustrae, nos lleva a un sitio aparte con su poder de encantamiento. Como la fotografía. Como la literatura. 

Yo creía que era una Libra de tiempo completo, pero hace algún tiempo supe que la hora de mi nacimiento se encuentra deliberadamente errada en mi acta. Sucede que mi ascendente no es Libra, sino Escorpión y ese conocimiento le confiere toda una nueva significación a lo que hasta ahora ha sido mi trayecto vital. Dicen que es inherente al ser humano buscar sentidos en las cosas, y si no los encuentra pues los inventa, con un poquito de fe cualquier sentido funciona casi igual. En mi caso, como en el de muchos, convengo otra vez con Fontcuberta en que no se trata de una cualidad humana sino de una imperiosa necesidad: “la necesidad de un destino que exige que al final todas las piezas encajen”. 

Alguien me preguntaba hace poco si yo creía en la astrología y la respuesta es que no precisamente. Más bien, me seducen (llevan aparte con su encantamiento o sus mentiras provisionales) los símbolos expresados en ese lenguaje y las posibles lecturas que mi destino y actitudes adquieren desde esa perspectiva. Si me he acercado al lenguaje de los astros y las constelaciones, ha sido más bien por esa necesidad de que las piezas del rompecabezas se acomoden en algún sitio. Así, puedo visualizarme tan Libra como Escorpión, tan propensa a la ecuanimidad como a la (auto)destrucción, tan serena en el silencio del aire como filosa en la frase artera. 

La noche del cumpleaños, los detalles estaban coloreados con los signos del Zodiaco. La noche de la exposición, se encontraban más bien iluminados desde la contemplación provisional de lo invisible. Como en el I Ching, a veces los detalles son una sucesión finita de signos, pero con significados infinitos, ésos que nos empeñamos en mirar y sacar de su carácter contingente de simple coincidencia. Tal vez en tu memoria los detalles a destacar sean muy otros o quizás de estas noches tú no recuerdes nada; si no lo haces debe ser porque me lo he inventado todo por ver si en este tiempo que corre te animas a volver a la escritura. O no. Por eso te decía que hay silencios que resultan más elocuentes que las palabras, y ahora agregaría, que todas las mentiras.

Desde la memoria y el influjo de Escorpión,

K.

9 de noviembre, 2020