De M. para E.

Mayo, 17, 2021 

Eugenia, 

Cuando M. y tú llegaron, manoseábamos la idea de recoger la decoración que le habíamos armado al Chino en su velatorio; terminar ese día triste. Me sorprendió y no por la hora. Gustosa retrasé apagar las luces. 

Hacía días respondía a las mismas preguntas que me hacían desde varios lugares, físicos y afectivos. Y como si fuera la primera vez les conté sobre esos últimos 15 días. 

La repetición contiene una posibilidad de transformación que no traen los inicios. 

¿O de esperanza? 

M. dijo que fue el Chino quien introdujo la palabra postmodernidad —hace treinta años— a esta ciudad. También recordó otras anécdotas desde el reconocimiento y el respeto. No contó aquella que me pasó por la cabeza pero no llegó a la garganta. Esa de septiembre del 2019. 

La ESAY cumplía 15 años de inaugurada. A todos los docentes de Artes Visuales nos invitaron a participar en una exposición para celebrar el arranque de ese experimento. Fue en el Teatro Peón Contreras. La curaduría y museografía de la expo traía cola, y no pocas divergencias. Al Chino le molestó que no se la dieran y claro, señaló un par de gazapos. 

Esa noche pasé a recogerlo a su casa más tarde de lo que él quería. Hice todo lo posible por evitar la presentación. Pocos días atrás me había regresado de La Habana, por tres meses acompañé a mami en su despedida final; no tenía ganas de ver a los habituales. 

El vestíbulo del teatro estaba repleto. No pude evitar la ceremonia, aún no empezaba. Cada uno agarró por el lado de sus saludos. 

Después de las infinitas palabras oficiales, M. hizo un performance, era su pieza. Interpretó en tono y gestualidad una Circular a los Presidentes Municipales de Felipe Carrillo Puerto de 1923. En ella, el Gobernador exhortaba a localizar e informar sobre los vestigios arqueológicos mayas que se encontraran en sus territorios. Estos empezaban a ser del interés de los “Arqueólogos del mundo”. 

Entre las palabras hinchadas de M. empecé a oír al Chino aunque estaba lejos de mí, entre un montón de gente a la derecha de la escalinata. Su voz, que empezó baja, fue subiendo el volumen y el tono. Varios, muchos, desviaron la cabeza hacia el lugar desde donde llegaba el ruido. Cuchicheo. 

El Chino trataba de interrumpir la tribuna. Algo en la orden de FCP lo llevó a recriminarnos con AMLO y su gobierno. Nos advertía. ¿Qué? El murmullo crecía mientras él —sin dejar de hablar— se dirigía al podio; escaló hasta el mismo peldaño en el que estaba M. Se paró a su lado con la cara molesta y enrojecida, y con su índice empinado y los brazos en olas, advirtió sobre lo que podía venir, remató con que nos lo habíamos buscado. 

M. mostró aplomo, como un performero asiduo dijo lo que tenía planeado decir mientras lo veía acercarse. Cuando el Chino llegó a su lado ya lo había dicho todo. Su mano tapó discretamente el micrófono, y lo que el otro decía sólo lo escuchaban quienes estaban delante. La incomodidad recorría los cuerpos que se movían en sus lugares. Alguien del estrado intervino amablemente, el Chino bajó de las escaleras, se dio por inaugurada la muestra. 

Ojos ajenos a los protagonistas podrían especular si estuvo planeada esta acción, si fue un performance delegado. Fue el momento menos acartonado y más espontáneo de la velada; la cereza de un pastel que hace rato se cae. 

¿Cómo lo pensaste tú cuando te acercaste a su féretro? Esa noche tus ojos tras el tapabocas tenían una expresión compasiva, sentí que me quisiste abrazar y me aflojé. 

Vi cómo te parabas, derecha, con las manos juntas en la espalda, inclinando la cabeza frente a los tarecos suyos que acarreé para hacer menos frío y blanco ese último cuarto que ocuparía: uno de los retratos que le hizo IL, la bella santa Bárbara bordada que le logré sacar de Cuba años atrás y que pudo restaurar impecablemente, fotos de sus perras, la gran cesta de mimbre con forma de erguido falo, velas, algunos de los carritos de su colección —entre ellos el descapotable de papel maché que le regaló mami en su segundo viaje a Mérida—, uno de los simpáticos retratos de tu amigo pintor y anticuario IK, y montones de flores en búcaros y jarrones: de mariposas cubanas que llevó G. y llenaron de olor esa frialdad, de príncipes negros y girasoles, rosas amarillas, lilas, azules, de otras que fueron llegando en las manos de quienes pasaron por la hash. 

Ahora recuerdo que le había comentado —en una de nuestras interminables y diarias llamadas telefónicas pandémicas— que producías “En nombre de Dios”, un mezcal de Durango, tu tierra. Que el nombre potente, sugestivo y divino, le hacía honor al licor, que era bueno. Le dije que teníamos que ir a una de tus catas en ULE. Otra cosa pospuesta. 

Lo que sí no pospondré es llamarte para que me auxilies en la búsqueda de un [email protected] de estilo —de texto será insuficiente para esta tarea— o [email protected] fantasma, alguien que agarre la tesis del Chino y la convierta en un ensayo. ¡Tendrá que editar mucho! Escribió cerca de 400 páginas, la presentaría en un par de meses. Encierra varias de sus teorías y prácticas sobre la museografía y el rol del museógrafo, sobre esos espacios en donde hizo magia y catarsis, y que concebía no como depósito de obras seleccionadas, sino como detonadores de experiencias, y en los que dejó huella. Páginas escritas en mayúsculas, con no pocas repeticiones, pero con sentido. Ideas singulares e historia saldrán de ellas. 

Te busco. 

Un abrazo. 

Mina 

Nota: ¿Dónde compraste el lindo y fresco vestido que traías la tarde que viniste con tu amiga al estudio? Me imaginé entre esas flores.