De P. para K.

Mérida, Yucatán, a 13 de octubre, 2020

K.:

Estoy escribiendo al filo de la hora para conectarnos. Estuve ausente la última sesión y luego estuvo el problema de la tormenta. Entonces me siento un tanto desorientado. Leí someramente el texto de Amos Oz y lo estaré leyendo durante la sesión misma.

Yo pienso, o creo que pienso, como tú. El AmorPoder es un juego, hay veces en que es un juego de ajedrez y lo disfrutas, o lo sufres; a veces es más como el póker o como el juego entre un gato y su bola de estambre. Pero no podemos saber si somos el gato o la bola, a veces somos un poco ambos, instrumentos preciados de los cuales puede servirse lo otro.

El poder no admite vacío, por eso siempre hay alguien que manda, por eso siempre hay una explosión, una traición. Conocer las reglas de este sistema nos permite deslizarnos entre los engranes, tomar riesgos y hacer apuestas. En ese sentido diría que soy un apostador.

¿Me amo? Diría que a ratos, a veces me soporto.

¿Qué hago cuando no puedo dormir? Invento una historia. ¿Habrá una grieta en la cual fundirme? Me imagino perderme entre los muros ciclópeos de tu laberinto, la locura no me asusta, mirar el abismo tiene un encanto.

No hay nada que perder. Cuando era un adolescente, unos amigos y yo hicimos una fiesta. Las horas pasaron y el clima se enfrió, la brisa marina arreciaba llenando de salitre las paredes y las olas eran un bucle de ruido blanco, arisco y omnipresente. Al final sólo quedamos tres en la fiesta; Julia y yo nos arremolinamos en una hamaca, y dejamos a Luis solo en el porche de la casa. Para la madrugada, quizás a las tres de la mañana, no sé, Julia me despertó y preguntó por Luis.

Luis se había colgado, quizá unas dos horas antes de que despertaramos. Cuerpo hinchado y desnudo, labios morados. Había visto la muerte pero nunca la había sentido, nunca había sentido su piel y el halo abisal que se paseó entre los hilos de nuestras hamacas esa noche. El abuso policial y el shock familiar fueron como una música en segundo plano a la que nadie atiende. Julia y yo habíamos aprendido la brutalidad de la soledad de los cuerpos, no volvimos a estar juntos. Tres años después en un café me dijo:

“Los celos nos destruyen”.

Repito, no hay nada que perder. Pero asumiendo el juego, he perdido y he ganado; sin embargo, la experiencia más enriquecedora fue un empate, un final ecuánime, sin el sabor a derrota ni el deseo de sacar ventaja.

P.