De T. para H.

Toluca, México, 4 de noviembre, 2020

H.,

Gracias por tu carta. Llegaste al encuentro en uno de los caminos que yo transitaba, me acompañaste y me llevaste más allá de donde yo había pensado llegar.

Debo confesar ahora que, mientras avanzamos, me siento cada vez más entrampada. Quiero contestar en orden, de acuerdo con la semana y con el tema, pero me ha sido muy difícil, todo se conjuga por momentos y no sé si estoy contestando tu carta o la de todos. A ti, a todos o a mí misma.

Por mucho tiempo ese “estoy harta de tu existencia” me hizo sentir muy culpable, incluso sin haber recibido recriminación al respecto. Me sorprendía el hecho de no saber de dónde habían salido esas palabras, así, sin pensarse. Revierto la culpa, la pongo sobre la mesa y, con nuevas luces, puedo ver esas palabras como un halago.

Tu carta toca otra hebra suelta de mis pensamientos pasados. Dices: “Ese juego de dados donde la suerte está en perder”. Admiro a quienes se declaran rendidos ante el amor, a quienes lo aceptan como una enfermedad, un mal necesario, un “ya estaría de Dios”. Parece ser que, en ese juego, el más valiente es el que se rinde. ¿Por qué nos resistimos a reconocernos rendidos?, ¿qué hay de malo en rendirse ante el amor?, ¿cuál es el miedo que infunde esa rendición, esa entrega? Tenemos miedo hasta de la palabra misma. A veces de decirla y en otras de escucharla.

Recuerdo haber estado ante una inminente propuesta matrimonial. Una a una, las palabras caían sobre mí, pesadas, increíbles, indeseadas. Entendía muy bien lo que estaba pasando y a causa de eso mi miedo crecía, miedo a que las palabras fueran pronunciadas. No quise seguir oyéndolas porque sabía cuál era mi respuesta, porque no quería que nadie me pusiera en esa posición, porque no quería decir la única palabra que podía haber dicho: no. Miedo y enojo, una mezcla extraña.

Tal vez el amor siempre es parásito de otras cosas: de la muerte, del poder, del miedo

Pero sé que sucede, que arrastra, que trastoca, que convierte, que marca. Y más que límites o definiciones, lo que tenemos son evidencias de su llegada, de su paso, de su huida. Tenemos sus cicatrices.

En esta carta quería cerrar el tema. Quería dejar de hablar del amor, pero no pude. Es lo que me toca revisar ahora. Tal vez tengo más fe en él de la que quiero reconocer. Tal vez sigo reajustando las lentes de observación. Tal vez es porque quiero aprovechar este momento en el que puedo verlo sin pasión y sin dolor, mirarlo como una curiosidad y ver lo maleable que en realidad es.

Querido Humberto, aprecio y agradezco el espacio de diálogo que tanta falta hace en estos tiempos. Aprecio y agradezco el ejercicio de exponernos al otro, de reflejarnos y a veces también de ocultarnos.

El otro día leía sobre gráficos, mapas y árboles, sobre formas de representación visual de análisis literarios y pensaba que bien podíamos hacer una imagen de esto que se está construyendo, creo que sería muy interesante, ¿podríamos explorar la idea?

Espero que el huracán ya se haya ido con todas sus consecuencias, y que la calma se haya reestablecido.

Gracias por tu lectura,

T.