De T. para M.

Toluca, México, 18 de octubre, 2020.

Estimado M.

No sé si a ti te pasa, pero yo, siempre que tengo que escribirle a alguien que no conozco, dudo largamente en usar la palabra “estimado(a)”. Sé muy bien que es un formalismo de uso común, pero cuando pienso en si debo usarlo o no, imagino que la otra persona lo tomará como algo terriblemente hipócrita o como un aburrido formalismo vano. Por cuestiones laborales, a lo largo de mi vida he tenido que escribir miles de correos electrónicos a personas desconocidas, pero nunca una carta personal a alguien que no conozco. 

¿Cómo dirigirme a ti ahora?, ¿cómo leerás ese estimado? Busqué opciones de signos ortográficos que me ayudaran a decir lo que quería en cuanto lo leyeras, pero ninguno me convenció. Entonces me decidí por ese gris que funciona en contraste con el negro. ¿Cómo quiero que lo leas? No es un hecho, no es un formalismo vano y tampoco es hipocresía: es un deseo. Un deseo de que el gris, con el tiempo se vuelva al negro. 

Antes de escribir sobre el tema-propósito de esta carta, quisiera contarte algo sobre mí y el lugar en el que vives. Conocí Yucatán gracias a un amigo que vino a un verano de investigación a Toluca, alguien que me enseñó que las amistades sí se pueden cultivar en el tiempo y la distancia. Esa amistad me ha hecho conocer más gente y lugares en Yucatán y Quintara Roo. Podría recurrir a enumerar todos los clichés turísticos de los que se habla en estas ocasiones, pero seguro los has escuchado innumerables veces cuando alguien te habla de tu propio Estado, por eso me limitaré a decir sólo un par de cosas. La primera es que yo he sido feliz estando ahí. En museos, haciendas, zonas arqueológicas, en casas de conocidos, en casas de desconocidos, con la gente real y con la fantasía turística. He sido feliz comiendo en buenos restaurantes, en puestos callejeros y mercados, y aún más feliz con la comida casera que alguien ha preparado especialmente para mí. La segunda cosa que quiero decir es que, si ahora tuviera que elegir un lugar para mudarme, no dudaría en irme a Yucatán. Y todo esto me parece que suma una agradable coincidencia de este espacio en construcción llamado Laboratorio de “Voces epistolares”. 

Pero está carta también tiene que hablar sobre el amor. Aunque por el momento sea un monólogo (tal como yo leí las cartas de A’ida para Xavier). Cuando hablábamos del tema en la sesión anterior me vino a la mente el inicio de una de las crónicas que integra Svetlana Alexiévich (2020) en Voces de Chérnobil. El testimonio de Liudmila Ignatenko inicia con esta frase: “No sé de qué hablar… ¿De la muerte o del amor? ¿O es lo mismo?…” Nunca había reparado en la relación intrínseca que existe entre el amor y la muerte, hasta muy recientemente. Será la revisión de cosas a la que te llevan los años y la complicación de las relaciones a las que llamamos “amorosas”. 

Un día, en medio de una discusión de pareja grité –desde lo más profundo de mi corazón y sin pensarlo en absoluto– “estoy harta de tu existencia”. Yo misma me quedé pasmada ante ese grito. Era la frase exacta de lo que sentía, era tan real y auténtica. Nacía de mi cansancio de no poder “resolver” esa relación; de la conciencia profunda del tamaño de mi amor hacia él, pero también de mi infelicidad de esos momentos. “Estoy harta de tu existencia” tal vez también quería decir “quiero que te mueras porque esa es la única solución que encuentro a lo que te amo y a la frustración que me provoca no estar bien contigo.” No quería que se fuera, no quería que termináramos, no quería dejarnos. Quería que algo más grande se ocupara de resolverlo. Yo no pensaba en matarlo, yo deseaba su muerte y ese deseo era provocado por mi cansancio de intentar resolver. “Es tan cansado detestar a alguien que se ama”, dice Simone de Beavoir en La mujer rota. Quería que la muerte terminara con la profunda tristeza que provoca la conciencia de que el otro es un otro, inasible en muchas dimensiones. A fin de cuentas, ¿no es el amor también una pulsión de muerte?

Con agradecimiento por tu lectura,

  T.