De T. para Y.

Toluca, México, 2 de diciembre de, 2020.

Muy querida Y.,

Esta no es la carta de la mentira. Es una carta pendiente. Te he escrito recados, mensajes, pequeñas notas de bienvenida cuando regresabas de tus viajes,… nunca una carta. 

El otro día te hablaba de lo que me pasa con los libros y las películas, cómo funciona mi memoria con esas cosas. Puedo aprehender y aprender cosas de los libros, de las historias en general, pero no puedo retener detalles, citas textuales, nombres de los personajes, a veces ni siquiera los títulos. Especialmente con las películas, soy un fracaso, a veces paso media hora viendo una para darme cuenta de que ya la había visto y aun así no puedo recordar el final. Con los libros es un poco diferente, con ellos siempre me quedo con una abstracción que sí puedo conservar, que me ayuda a valorarlos, que me hace saber que los digerí de alguna forma, aunque no recuerde los detalles, estructuras, frases; sé que aprehendí algo de ellos y lo guardo como una fotografía borrosa pero importante. Sin embargo, nunca olvido un rostro, puedo retener las facciones y reconocer a la gente aún pasados muchos años. Si conozco los nombres también los guardo bien. Caminando por la ciudad me he encontrado con compañeros de la infancia y sé que son ellos. No sé cómo funciona mi memoria. Hay otras muchas cosas que no olvido y quisiera olvidar. 

Ayer volvía a leer unos textos que escribí hace cerca de dieciocho años. Es un capítulo de un libro de investigación sobre las mujeres en las artes que se publicó. No recordaba que pudiera escribir así, creo que hubiera tenido futuro en lo académico si me hubiera decidido a continuar por ahí. Es un texto que habla sobre la construcción social del género, una revisión que hice (en realidad para intentar explicarme a mí) sobre cómo se construye socialmente el género y cómo se relacionaba con la creación artística, específicamente de mujeres. Me encontré con citas de autores que me volvieron a parecer reveladoras y frases mías que no sabía que era capaz de construir, algunas hasta las busqué en Google pensando que tal vez las había plagiado, pero mi consciencia quedó tranquila al no encontrar coincidencias. Una cita textual que usé me quedó retumbando: “El poder es una relación, no un atributo personal”, ojalá la hubiera tenido a la mano las veces que hablamos sobre el tema en el laboratorio. Luego encontré otra igual de importante: “El género no es el sexo, sino una representación del individuo en términos de una relación social que lo antecede”. Ambas fueron tomadas de la tesis de doctorado de Araceli Barbosa (2000). 

Hablé del tema en una charla por la tarde y luego me quedé pensando en nosotras. En nuestro poder, en la posibilidad de establecer esa relación con nosotras mismas y con los demás. No quisiera hablar de un poder femenino, no me gusta la idea, no puedo tragármela. Hablo del poder como sujetos, como personas. Pero entonces, sé que esa posibilidad está atravesada invariablemente por la representación de lo femenino en los términos de una relación social que lo antecede. ¿Somos mujeres libres?, ¿en realidad hemos ganado?, ¿cuáles son las ventajas de ser una mujer moderna, independiente, emancipada?… ¿Lo somos en realidad? ¿Estamos libres, ante nosotras mismas, de esa representación de lo femenino que nos antecede? ¿Cómo hemos establecido esa relación de poder con lo que somos, con lo que miramos al espejo, con esa voz que nos habla todo el tiempo? El poder que no tenemos tal vez sea producto de la mentira que nos contamos sobre nuestra condición de mujeres. ¿De verdad debemos pensarnos como mujeres?, ¿qué tan necesaria es la etiqueta? 

Escribía en ese texto: se reconoce la necesidad de concebir a los sujetos, y en este caso a las mujeres, como singularidades históricas concretas y por otro lado la necesidad de hacer un esfuerzo para –como bien dice Owens–, aprender a concebir diferencia sin oposición. Pensaba en ti y en mí y en lo mucho o poco que hemos hablado sobre ello.

Regresando a los trucos de mi memoria, también hay algo que me pasa contigo. Sigo sintiendo que estamos empezando a ser amigas, es una sensación extraña porque he compartido contigo al menos los últimos cuatro cumpleaños (tal vez uno más, pero no lo recuerdo). Hemos comido y bebido juntas muchas cosas, he probado tu pan y tus platillos (pero me falta la sopa de lentejas). He lavado tus trastes y tú los míos, he regado tus plantas y tú has curado las mías. Mi estudio y mi casa están llenas de tu obra y ahora también de la cerámica que yo hice pero que tú me empujaste a hacer. Mi hijo ama tus pasteles y siempre quiere invitarte a la casa. No quisiera enumerar todo lo compartido, pero al voltear veo que no ha sido poco, ni siquiera ha sido intermitente. Incluso esta carta también es culpa tuya. Sé que no nos hemos contado todo, que parece que vamos día a día, que nos vamos narrando según lo que nos sucede. Aún nos cuesta llorar una frente a la otra y llorar juntas también, pero reír ha sido siempre fácil y constante. Sigo sin esperar nada de ti, pero agradeciendo absolutamente todo lo que has brindado. Ojalá algún día lleguemos a ser buenas amigas.

Te quiere,

T.