De Y. para J.M.

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MAY THE 4TH BE WITH YOU 2021

Hola, Juan Martín 

En relación con lo que reflexionas sobre amordolor creo que la reflexión de Cristina Kennington, psicóloga que escribió en el proyecto “¿Cuál ha sido tu peor dolor?” está muy relacionado con tus reflexiones. Lo compartí en la carta que le escribí a José y lo vuelvo a compartir aquí: 

26-02-2016

“La gente que amo le hago daño”, “Siempre hay un dolor de una manera u otra”, “Una pérdida se tarda mucho en sanar”, “No puedo comparar un dolor con otro”, “Mi pior dolor, mmm…. toda la vida, si te lo dijera”, “Nunca he tenido un dolor que me haya hecho pedazos”, “Ese fue mi segundo peor dolor, haberme quedado”, “Como que con la música, el dolor, te calma”, “¿De qué te deshaces?”, “Es un secreto que no te voy a platicar”, “La pancita, la pierna y el pie y la cabeza”. 

El dolor físico se logra encapsular en un evento, una enfermedad, un nombre. El dolor emocional nos invade, nos confunde, marca el rumbo o nos deja sin él. Influye en lo que sentimos y lo que pensamos en nuestra vida diaria. Al realizar la pregunta “¿Cuál ha sido tu peor dolor?”, dentro de un contexto de fraternidad y amistad, se evocan los más íntimos recuerdos y dolores. 

Nuestros dolores los guardamos en la espera de que alguien los encuentre y tal vez así les dé un sentido… un sentido diferente. Secretos mal escondidos que ante una simple pregunta salen a flor de piel, cajones que se esconden a plena vista para ser abiertos por cualquier curioso. Tanto los dolores físicos como aquellos emocionales se convierten en parte de quienes somos, pueden ayudarnos a crecer o pueden impedir que lo hagamos. Tenemos una necesidad de comunicar lo que somos, lo que hemos vivido y aun lo que escondemos. Al comunicarnos con alguien que escucha, rearmamos nuestra existencia, procesamos lo vivido y profundizamos nuestra experiencia de vida

Así como el dolor, la necesidad de comunicar es vivida de manera diferente por cada uno de nosotros. Para unos es una necesidad incontrolable que brota ante la primera insinuación y para otros es una necesidad fácilmente ahogada. ¿Por qué recordamos? ¿Por qué no podemos olvidar? ¿Por qué acumulamos objetos? ¿Por qué no los podemos tirar?

En medio de los cajones y los secretos, el dolor del otro nos hace voltear a vernos a nosotros mismos. ¿Qué tenemos en nuestros cajones? ¿Cómo contestaríamos esa pregunta? 

De lo que guardamos en cajones, ¿cuánto hemos guardado por decisión, por voluntad? ¿Lo guardamos en orden o en desorden? ¿Nos ayuda a entender quiénes somos o nos impide reconocernos ante el espejo? ¿Qué podemos hacer con esto que guardamos? ¿Por qué (la mayoría) no limpiamos nuestros cajones? ¿Por qué evitamos voltear a ver nuestra alma? 

Tenemos la tendencia de guardar nuestras dolencias como objetos, como situaciones incambiables, inmutables. Pensamos que lo que “sucedió” es algo terminado, inmodificable. Estos recuerdos –objetos– los utilizamos como elementos para contarnos nuestra historia, nuestra identidad y nuestro destino.

Todos y cada uno de nosotros construimos nuestra identidad y nuestra vida a partir de las historias que nos contamos sobre nosotros mismos. En este recuento de historias le otorgamos importancia, valor y relevancia a diferentes elementos. 

A esto, dentro del psicoanálisis, se le nombra “narrativa” y ésta no es estática: la misma historia puede contarse de mil maneras. Aunque la historia no cambia y no podemos volver el tiempo atrás, sí podemos contarla más completa, darle énfasis a diferentes aspectos y así, mediante la narrativa, los procesos de reconstrucción, construcción y reapropiación nos permiten cambiar el sentido, ver la experiencia no sólo desde un ángulo sino desde todos los posibles, otorgar diferente gramaje a cada vivencia, e incluso fortalecernos de lo que antes nos debilitaba. 

Cristina Kennington 

Febrero de 2016

Acerca de la historia que compartiste sobre Alejandro, creo que hubiera estado interesante ver cómo reacciona Alejandro desde otra perspectiva. Me recuerda una anécdota con el novio que tuve y que menciono en la carta que le escribí a Atenas, del que un amigo me decía que me aguantara porque así eran las relaciones. Él se fue de viaje de negocios y quedamos en que me llamaría en la noche cuando llegara. Recibí la llamada y le digo, “wow, vas llegando apenas a esta hora”. Eran como las 11 pm. Y me dice, “no, estaba en el cuarto de Elena (estoy inventando el nombre porque no me acuerdo), mi compañera de trabajo, viendo la tele”. Y yo, “órale”. Él luego luego empieza a dar una explicación: “es una señora de 54 años, con 3 hijos”. Yo le digo, “bueno, entonces si yo viajo y te digo que estaba en el cuarto de mi compañero de trabajo viendo la tele, que es un señor de 54 años que tiene 3 hijos, está bien ¿verdad?”. Me dice, “no, porque tú eres mujer”. Y pensé en ir más allá y decirle, “entonces tu compañera de trabajo, la señora con 3 hijos, ¿con ella si está bien que tu estés en su cuarto porque tú eres más joven y no estás casado?” Pero hasta ahí la dejé. Esta anécdota es porque hubiera sido interesante que se le cuestionara a Alejandro qué pensaría si su esposa tuviera un amante. Y pos que los dos tuvieran su amante por cada lado y que todos estuvieran de acuerdo y contentos como en una comedia romántica. Estaría interesante. 

Saludos, 

Yolanda